lunes, 26 de enero de 2015

Esto no es una pipa o la risa también es una cuestión de poder

Sólo tiene sentido hablar de libertad de expresión si se incluye la posibilidad de ofender.
Tuit de Albert Monteys

El acto de barbarie de Charlie Hebdo, como toda masacre,ha provocado reacciones, interrogantes y debates en el conjunto de la sociedad sobre sus causas y en consecuencia sobre cómo evitar que vuelva a suceder algo similar.

En la génesis de ese hecho confluyen muchos desequilibrios: circunstancias de la política internacional que generaron, desarrollaron y mantienen el terrorismo islamista,  la globalización de la desigualdad, la quiebra de la integración social de la inmigración en Francia y en Europa en general. Y sobre ellas se ha desarrollado el más duro enfrentamiento sobre la libertad de expresión del siglo XXI en el llamado primer mundo.

He iniciado este texto con un tuit de Albert Monteys , disidente de El Jueves y fundador de Orgullo y satisfacción, para situar de entrada uno de los grandes peligros que soporta la libertad de expresión, en especial la que realiza el humor o desde el humor: ser limitada y en gran parte anulada por el concepto de ofensa. Un concepto subjetivo que puede abarcar desde la ridiculización y la burla propia de cualquier caricatura hasta el insulto.

El humor gráfico se basa en la caricatura gráfica, en la deformación de la apariencia para resaltar un aspecto cómico de la realidad representada, lo que de entrada choca de frente con la sacralización.
Pongamos por ejemplo que una revista satírica dibuja a una pareja principesca en pleno acto sexual. Aunque para algunos sea motivo de escándalo la verdad es que no se está vulnerando ningún tipo de intimidad, por que como advertía Magritte en su cuadro de la pipa que no era tal, esa imagen no son los príncipes, sino una representación suya. Por otra parte el mismo hecho de  dibujarlos en esa postura resalta un aspecto de su vida que les identifica con el resto de la ciudadanía. Y al hacerlo se establece una fuente de comicidad, ya que esa igualdad de usos y prácticas sexuales puede entrar en contradicción con la desigualdad de privilegios. De este modo la portada de El Jueves secuestrada años ha, no ofendía por su grosería sino que molestaba por evidenciar que sus protagonistas, que acabarían siendo nuestros reyes, vivían muy bien sin saber lo que era el trabajo. 

Hay que continuar hasta que el islamismo esté tan banalizado como el catolicismo.
Charb. Director asesinado de Charlie Hebdo


El concepto de banalización al que se refiere Charb más arriba, es evidentemente laico, pero puede ser también asumido por personas con creencias religiosas, por lo que tiene de democratizador. Sólo el hecho de dibujar un concepto abstracto y todopoderoso como el del Dios de cualquier religión monoteísta, de trasponerlo a una imagen construida por medio de trazos que guía la mano humana, para unos ya es un blasfemia.  Sin embargo no es más que una visión de ese concepto abstracto que al tomar la forma de caricatura, humaniza su representación. La fe como toda creencia humana es una opción individual con características y prácticas que pueden, y muchas veces deben,  ser sometida al tamiz del humor, sin que ello suponga nada más que una debida falta de falso respeto. Cuando desde el humor gráfico se atribuye a las diversas divinidades defectos, emociones, pasiones…se recrean en clave paródica los defectos, emociones, pasiones de las personas que quieren ostentar, y casi siempre, monopolizarla representación de ese Dios 

Hay que recordar que el origen del primer Charlie Hebdo fue la revista Hara-Kiri que apareció el 1º de septiembre de 1960 bajo el impulso de François Cavanna y con la colaboración entre otros de Fred, Jacques Lob y de Jean Marc Reiser, a los que enseguida se añadenCabu, Gébé, Georges Wolinski, RolandTopor.  En el número 7 adoptó el muy definitorio subtítulo de “Béte et Méchant”, ( bestia y despreciable) que expresaba su voluntad de irreverencia y de saltarse las normas de buen gusto imperantes y por lo tanto de ofender a los que imponían esos códigos. Y es que al fin y al cabo esas normas no son inmutables, responden a criterios que cambian con el tiempo y que quieren preservar valores y relaciones de poder.

Por eso dentro de la izquierda, o de los de abajo, o, en fin, de los que queremos transformar la sociedad, la caricatura debería ser moneda corriente, debería ser un ejercicio continuo de divertida autocrítica. Creer que por estar en el bando de los oprimidos no tenemos contradicciones, no hacemos el ridículo o no practicamos la doble moral es engañarnos a nosotros mismos y aceptar la concepción conservadora y tramposa de la ofensa.


Pepe Gálvez

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