martes, 28 de octubre de 2014

Nosaltres sols. (Versión en castellano)

¿ Que pasa en Catalunya?

Esa pregunta, que muchas personas amigas del otro lado del Ebro me hacen, tiene una respuesta más bien compleja. No es sencillo explicar el momento de esta sociedad que vive  la pulsión de que todo va a cambiar sin que se sepa ni cuándo, ni cómo, ni hasta dónde llega todo. Aquí y ahora la épica se torna en sainete con demasiada facilidad, la misma facilidad que en un plis plas se convierte una votación decisiva en una encuesta de opinión que además representará sólo a los que la manifiestan. Y no es que vivamos una problemática ficticia: cualquier observador imparcial puede comprobar que una buena parte de la sociedad catalana ya se ha ido de España, aunque sea para instalarse en una especie de limbo estatal. La crisis de España como estado unitario es un hecho irreversible por mucho que se resistan a reconocerlo el PP, UPyD y buena parte del PSOE. De la misma manera que Catalunya es una nación por la simple regla de tres de que su sociedad tiene conciencia de tal. Comisiones Obreras reconoció y asumió esa realidad hace ya cincuenta años cuando constituyó la Comissió Obrera Nacional de Catalunya y estableció una relación confederal con el conjunto del sindicato.

Transversal pero menos

Las tensiones provocadas por  la pulsión centralista no han sido ajenas a la historia de Comisiones Obreras; prueba de ello es que uno de los mimbres que configuró la alternativa que derrotó a José María Fidalgo en el IX Congreso fue el del respeto a la confederalidad. Sin embargo, a partir de ese momento se ha vivido con normalidad el ejercicio de la autonomía organizativa de la CONC. En el interior de la organización, tanto en Catalunya como en el conjunto del estado, se han manifestado  las diferentes posiciones que hay en nuestra sociedad sobre la configuración del estado en los últimos años. Sin embargo, no deja de ser significativo que la polémica se viva como algo externo tanto a nuestra actividad cotidiana como a nuestro propio funcionamiento. Todo ello evidencia que hoy en día  y aquí la transversalidad de la problemática nacional se asienta en un terreno real pero parcial, quizás porque, como expresó Oriol Junqueras en el programa Salvados de Jordi Évole, lo que la motiva y la impulsa es más sentimental que racional.  Y en el terreno sindical ese impulso sentimental está lógicamente matizado, y a veces contrarrestado, por lazos de solidaridad muy vivos,por haber compartido y compartir aspiraciones y luchas con las personas y organizaciones del resto de nuestra confederación. Es más, la experiencia de conflictos como los de Panrico y Coca Cola indican claramente la necesidad de una estrategia sindical conjunta para todo el estado.

Al otro lado de la barricada

Además, con CIU y con el espacio sociológico del nacionalismo conservador, no sólo es que no haya grado de identidad sentimental, es que hay una enfrentamiento casi total sobre el modelo de sociedad  que ambas partes defendemos. No se puede olvidar que Jordi Pujol ha sido una pieza clave del bipartidismo ampliado y por ello corresponsable del deterioro democrático sufrido en el conjunto del estado. Y, como no tener en cuenta que los gobiernos de la derecha catalanista han deteriorado y laminado la enseñanza y la sanidad públicas o que la deriva neoliberal de los sucesores de Pujol han abonado la disolución del estado frente a los poderes financieros globalizados. Eso sin contar que su nacionalismo, esencialmente identitario, es un obstáculo para la convivencia armónica de una sociedad cada vez más plural. Más allá de las relaciones institucionales, ese nacionalismo se sitúa claramente enfrentado a los valores e intereses del trabajo que representa y dan sentido a Comisiones Obreras. Intereses y valores que, por otra parte, tampoco son muy populares entre el bloque de clase media que da sustento social mayoritario al independentismo.

La centralidad del trabajo


Desde el punto de vista del que esto escribe, de todo lo anterior se desprenden tres conclusiones. La primera forma parte de la política oficial de la organización, ya que se aprobó en el último congreso de  las Comisiones Obreras de Catalunya: es la apuesta por un proceso que implique el reconocimiento actual de Catalunya como nación en la forma que decida democráticamente su ciudadanía. La segunda surge tanto de la existencia de lazos de solidaridad como de problemas y estrategias comunes con las personas que viven de su salario en el Estado español. En consecuencia, el proceso democratizador catalán ha de confluir con el que se está dando en el conjunto del estado español y ha de hacerlo dentro de una perspectiva europea. Y la tercera es una prolongación de la anterior, ya que lo coherente es que se haga desde la voluntad y la concreción política de situar en la centralidad de esos procesos los derechos y los valores del mundo del trabajo. No habrá democracia, ni en Catalunya ni en España, mientras no la haya en las empresas, mientras el trabajo no evite ser pobre, mientras la precariedad destruya derechos y deteriore la vida de la mayoría de nuestra juventud. 

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